El 11 de setiembre de 2001 tuvo lugar uno de los
acontecimientos trágicos más importantes de este siglo.
Como si no bastara con la cifra oficial de 2.749 muertes, de las cuales cerca
del 20% correspondía a bomberos y personal de los equipos de rescate, una de las
secuelas de la tragedia continúa dejando su marca en la salud de quienes
participaron en esa jornada memorable.
En este estudio se presenta justamente una de las secuelas a “distancia” de
estos sucesos. Los autores señalan el alto costo en términos de salud que
continúan pagando los 14.000 sujetos del equipo emergencias que intervinieron en
las tareas realizadas durante la semana siguiente al atentado.
Como prueba de sus afirmaciones, se destaca que estos trabajadores, al año
siguiente al episodio, presentaban una reducción de su función pulmonar
equivalente a 12 años de envejecimiento normal.
Si bien el hecho de haber estado expuestos a una atmósfera irrespirable, en la
llamada “ground zero”, explica estos hallazgos, los autores remarcan que lo más
sorprendente resultó la magnitud de ese compromiso respiratorio.
Las cifras y los resultados publicados surgen del estudio de espirometrías
(estudios de función respiratoria) practicados a 12.079 integrantes de equipos
de rescate, efectuados con anterioridad y con posterioridad a su participación
en los sucesos del 11 de septiembre.
Los daños pulmonares más importantes fueron observados entre los 1.660
trabajadores que se encontraban en plena tarea en el momento de desplomarse las
torres. Pero también, aunque de menor magnitud, fue registrada la afectación de
los 8.185 trabajadores que llegaron al lugar del hecho a las 48 horas del evento
y en los 1.921 que lo hicieron a partir del tercer día del suceso.
La causa de estos problemas fue la exposición a una nube tóxica compuesta por
cientos de contaminantes y materiales presentes en la construcción y la
estructura de los monumentales edificios destruidos, así como por aquellos
materiales propios del proceso de combustión.
Además de la reducción en la calidad funcional, se registró mayor frecuencia de
tos, inflamación de los bronquios e hiperreactividad bronquial (semejante a la
de los cuadros de asma).
Los autores sostienen que no puede predecirse si estos daños proseguirán en un
futuro, debido a que el contacto con materia orgánica e inorgánica (plásticos,
etc.) fue realmente importante. Esta exposición se explica porque salvo en el
caso de los bomberos que actuaron en las primeras 48 horas, munidos de
mascarillas y tubos de oxígeno que sólo duraban 18 minutos, el resto del
personal no contó ni siquiera con este tipo de resguardo. En efecto, en los días
siguientes, todas las tareas de remoción se efectuaron con la única provisión de
mascarillas de papel, semejantes a las que se utilizan en tareas de limpieza o
por el personal de quirófanos.
Del estudio, en el que también tomó parte el subdirector Médico del Departamento
de Bomberos de Nueva York, surge como recomendación la necesidad de disponer y
de conocer el funcionamiento adecuado del material de protección respiratorio
adecuado, para la prevención de ulteriores secuelas, de producirse un episodio
de índole similar.