Introducción
Durante la experiencia dolorosa, los índices de miedo al dolor y de ansiedad
por las implicaciones negativas del dolor se relacionan con la activación de la
región prefrontal media, la región frontal lateral ventral y las regiones
cinguladas anterior y posterior.
Para determinar cuánto sufrimiento experimenta una persona al sufrir dolor, la
naturaleza de la respuesta emocional frente al estímulo puede tener un papel aún
más importante que el dolor físico objetivo. Aunque se presta cada vez más
atención a los correlatos conductuales y clínicos de la ansiedad y el miedo
relacionados con el dolor, no se han realizado estudios sobre los sistemas
neurológicos que median tales relaciones. Para esclarecer esta cuestión, los
autores llevaron a cabo un estudio con obtención de imágenes de resonancia
magnética funcional (RMF). Para evaluar las tendencias afectivas relacionadas
con el dolor los expertos utilizaron el cuestionario de miedo al dolor (FPQ III)
y el índice de sensibilidad a la ansiedad (ASI). Para evaluar la tendencia
general de los participantes a la ansiedad no relacionada con sensaciones
físicas, se empleó además el cuestionario STAI-T.
Métodos
El estudio incluyó a 13 individuos de raza blanca (7 mujeres) de entre 19 y 42
años (29,5±7,0 años) sin antecedentes de dolor crónico, con buen estado general
de salud y sin trastornos físicos o psiquiátricos relacionados con el dolor. Los
participantes fueron sometidos secuencialmente a estimulación térmica nociva (45
a 50 °C durante 20 segundos) y no nociva (38 °C durante 30 segundos). Se
consideró que el estímulo no nocivo es una temperatura cálida. Se instruyó a los
participantes a que prestaran atención al estímulo durante todo el
procedimiento. Con el escáner de RMF encendido, los participantes usaron escalas
verbales de 0 a 10 puntos para calificar el grado de displacer y la intensidad
del estímulo nocivo. En una sesión inmediatamente posterior a la toma de
imágenes de RMF, los participantes completaron los cuestionarios FPQ III, ASI y
STAI-T. Durante el estudio de RMF se colectaron imágenes de todo el cerebro (32
cortes axiales de 3,5 mm de espesor).
Resultados
Las evaluaciones de los pacientes en la sesión posterior a la RMF confirmaron la
existencia de displacer por dolor (6,73±1,86 puntos) y la intensidad del dolor
(6,81±1,09). Los puntajes de las escalas FPQ III (82,2±13,16), ASI (12,69±5,74)
y STAI-T (35,69±9,09) se ubicaron dentro de los valores hallados típicamente en
personas sanas. Las regiones activadas durante la experiencia dolorosa se
identificaron en primera instancia por comparación entre las imágenes obtenidas
en condiciones de dolor y las obtenidas durante el estímulo no nocivo. Tales
regiones incluyeron áreas del giro cingulado anterior y la corteza insular,
comúnmente identificadas en los estudios de dolor, así como regiones del tálamo,
la corteza prefrontal lateral y la corteza parietal. En este análisis
comparativo, los puntajes de FPQ se relacionaron con la activación de la corteza
cingulada anterior y posterior, mientras que los puntajes de ASI y STAI-T no se
asociaron con la activación de ninguna región. Para identificar regiones cuya
activación estuviera vinculada con el miedo al dolor, la sensibilidad a la
ansiedad o la ansiedad general pero que no pudieran ser identificadas mediante
el método comparativo, se realizó análisis de regresión de los puntajes de FPQ,
ASI y STAI-T respecto de las áreas activadas identificadas previamente. Estos
análisis revelaron que la activación de una región única en la corteza
prefrontal orbital se relaciona con los puntajes de FPQ, y que la activación de
una región única en la corteza prefrontal medial izquierda en la unión de las
áreas 32 y 19 de Brodmann se asocia con los puntajes de ASI. Nuevamente, no se
detectaron relaciones entre los puntajes de STAI-T y las regiones activadas.
Durante el estudio los distintos participantes requirieron temperaturas
diferentes para alcanzar la misma intensidad dolorosa. Sin embargo, las
relaciones entre las áreas activadas y los puntajes de ASI y FPQ no se
modificaron luego del ajuste según la temperatura utilizada. Tampoco hubo
diferencias en función del sexo.
Discusión
En este estudio, se detectaron 3 relaciones importantes entre la variabilidad
individual de miedo al dolor, la sensibilidad a la ansiedad y la activación de
áreas cerebrales. En primer lugar, la activación de 2 regiones de procesamiento
del dolor identificadas por comparación entre condiciones nocivas y no nocivas
–corteza cingulada anterior y posterior– y los puntajes de FPQ. La corteza
cingulada anterior ha sido asociada previamente con el dolor y se cree que
monitorea el procesamiento en marcha para señalar cuándo el estímulo es lo
suficientemente “incorrecto” como para requerir un cambio de conducta. La
corteza cingulada posterior ha sido asociada con la evaluación de la valencia de
los estímulos externos y potencialmente adversos. Un segundo análisis de
regresión identificó regiones adicionales que se relacionaron con los puntajes
de ASI y FPQ. Los puntajes FPQ predijeron la activación de la corteza prefrontal
orbital lateral del lado derecho. Estudios previos sugieren que la actividad en
esta área puede reflejar los intentos de los individuos en situación de miedo de
evaluar o regular las posibles respuestas al estímulo doloroso. Los puntajes de
ASI, que indican la tendencia a sentirse ansioso por las implicaciones negativas
de las sensaciones corporales, predijeron la activación de la corteza prefrontal
medial. Las relaciones entre puntajes ASI y FPQ y la activación de las áreas
cerebrales identificadas no pudieron explicarse por diferencias en los puntajes
de STAI-T ni por diferencias en las temperaturas utilizadas en cada individuo
para obtener niveles comparables de dolor térmico.
Conclusión
Estos hallazgos podrían contribuir a esclarecer el impacto de las diferencias
emotivas individuales sobre los correlatos neuronales del dolor, y el papel que
desempeñan los sistemas medial y órbitofrontal en la ansiedad, el miedo y el
procesamiento del dolor.